BURBUJA ESPEJO – CAPÍTULO 1

¡Hola a todos!

Ya hace un año que tengo el blog, así que para celebrarlo os dejo el primer capítulo de mi libro, Burbuja Espejo, ¡totalmente gratis! Espero que lo disfrutéis y me dejéis vuestros comentarios con vuestra opinión <3 .

ilustracion 1 WEB blog

CAPÍTULO 1: LA PRINCESA

El reino de Cerul estaba gobernado por un bondadoso rey llamado Neptalí y su esposa, la reina Siara. Un próspero lugar en paz y armonía. Vivían en un precioso castillo blanco en el centro de la ciudad y eran padres de dos preciosas niñas. Daila, la pequeña, era una encantadora princesita de pelo rubio muy claro y unos enormes ojos azules. La primogénita era la princesa Milena, heredera de Cerul, pero siempre había sido muy rebelde: desde pequeña se escapaba a jugar fuera para trepar árboles, luchar con espadas y pasarlo bien en la ciudad; todo un torbellino.

Todos en la corte real creían que con el tiempo cambiaría, pero a sus catorce años la jovencita seguía igual. Esa intolerable actitud debía cambiar, tenía que prepararse para llegar a ser una excelente gobernante y casarse con un príncipe digno de la sucesora de Cerul. En cambio, a la chica ser reina no le importaba lo más mínimo, continuaba esfumándose del castillo para librarse de sus cansados quehaceres de doncella, prefería estar fuera, sobre todo con Aidan, su mejor amigo. Se conocían desde muy pequeños y siempre se habían divertido juntos, les encantaba jugar a ser valientes caballeros que vivían grandes aventuras, soñaban con que algún día ellos saldrían de la protección de los muros del castillo e irían juntos a recorrer el mundo en busca de aventuras a países maravillosos. Él residía en el castillo, puesto que su padre había sido un afamado caballero que actualmente trabajaba como jefe de la guardia del rey Es más, Aidan también se estaba preparando para ser nombrado caballero algún día.

Pronto sería el cumpleaños de la princesa, y como se acercaba el verano decidieron que se oficiara en Efiria, la ciudad gobernada por el duque Diago, hermano del rey Neptalí. Las semanas antes a la ceremonia se iniciaban los preparativos. todos los veranos la familia real solía pasarlos en aquella ciudad, aunque por dicha celebración este año se irían antes. Efiria era un precioso sitio al que también llamaban la ciudad del lago, gracias a las aguas con las que contaba el lugar, aquella zona conservaba en épocas cálidas una agradable temperatura.

Milena por su parte debía elegir vestido, decorado, e incluso escribir un breve discurso para sus invitados, ya que este sería un cumpleaños especial, cosa que a la chica no le hacía ninguna gracia. A veces pensaba en escabullirse un rato, pero todos estaban demasiado pendientes de ella y no lo conseguía, hasta que una tarde en un cambio de guardia pudo evadirse.

Se dirigió rápidamente a los jardines reales, a un espeso árbol donde solía ocultarse, ya que gracias a las abundantes hojas era casi imposible divisarla entre sus ramas. Lo llamaba el árbol escondite. Era el punto de encuentro con su amigo Aidan. Como Milena esperaba, allí se encontraba el muchacho. Un chico de piel morena y ojos color miel, su pelo tenía un precioso tono dorado. Tan alto como Milena, llevaba una camisa blanca cubierta por una chaqueta de lino bastante larga, sujetada  por un cinturón, los pantalones eran marrones y calzaba unas botas de cuero. Milena corrió más aprisa hacia el chico, cuando llegó a su lado él le dijo:

—Al fin te presentas, llevo cinco días sin verte.

—Vamos arriba, date prisa —diciendo esto Milena se hizo un nudo en el vestido color malva, dejando la falda por encima de sus rodillas, tras ello se dispuso a trepar por el árbol, hasta llegar a una zona desde donde no la podían ver.

Al contrario que a los demás, al chico le encantaba la actitud de la princesa, tan distinta a las chicas de palacio: esa manera de recogerse la falda sin remilgos era algo singular,  pues había sido educada justo para lo contrario. Le encantaba contemplarla, tan bonita y a la vez tan salvaje. Con ese pelo tan largo color caramelo, que casi siempre llevaba recogido en una trenza. De ojos oscuros y piel bronceada, e incluso se podían apreciar algunas pecas en su rostro causadas por el sol Milena odiaba estar siempre encerrada entre cuatro paredes, prefería el aire libre.

El joven la siguió y al llegar a la altura de la chica se sentó sobre una gruesa rama que había cerca.

—¿Así que has estado ocupada con tu cumpleaños?, parece que será una gran fiesta, ¿no? —preguntó Aidan.

—Al parecer sí —le contestó Milena en tono evasivo.

—Qué ganas de estar en el lago, ¡será estupendo! Y un momento muy importante para ti —se alegraba el chico por    ella—: te presentarán como la futura reina.

—Sí, claro, será muy divertido —le respondió la princesa sarcásticamente—. Tendré que hablar en público, eso es algo que no me gustaría, además…

Milena agachó la cabeza. Se produjo un profundo silencio que tan solo dejaba oír el leve sonido de la brisa contra las hojas de aquel árbol. Momentos después la chica prosiguió hablando volviendo la vista a un lado. El tono de su voz era algo triste:

—En la ceremonia me prometerán a un príncipe de un gran reino. Todos dicen que no se puede esperar más y ello asegurará más poder para Cerul en el futuro.

El rostro de Aidan se tensó. Era consciente de que algún día Milena se casaría con un noble, pero no imaginó que llegado el momento le afectaría tanto, sin saber por qué sintió algo en su corazón que no entendía. Aun así, felicitó a la princesa mostrando una forzada sonrisa:

—Pero eso es bueno, tu futuro esposo podrá ayudarte en el reinado.

—¡Creí que lo entenderías! —gritó Milena—. Yo no quiero casarme con nadie, tampoco tener la responsabilidad de gobernar. Solo quiero vivir mi vida sin que nadie dictamine mi futuro. ¿Sabes?, a veces me gustaría irme, me gustaría ir muy lejos. Y como en nuestros juegos de héroes viajar por todo el mundo. —A Milena le empezaron a brillar los ojos de emoción con cada palabra que salía de sus labios—. Es lo que debo hacer. Vamos, escapemos juntos, así siempre podremos hacer lo que nos apetezca.

—Pero, Milena, eres la princesa de Cerul, no puedes irte, ¿quién reinaría en el futuro?

—Mi hermana. Ella sería mejor reina que yo, es muy educada y responsable, toda una dama con tan solo diez años. Además, le gusta estar en el palacio con la corte real, pero a mí no. Por eso, ¡vámonos! —insistía mostrando gran ilusión en su rostro.

—Harías infeliz a tu familia que tanto te quiere, eso está mal.

—¡No! Les dejaría una carta para que no se preocuparan tanto. Entiéndeme, odio vivir aquí.

—¿Crees que un trozo de papel los tranquilizaría?, pero, Milena…

         —Vale, lo entiendo —lo interrumpió la princesa    enfadada—. No quieres venir, para ti en el fondo las aventuras con las que siempre hemos soñado no son más que fantasías y juegos, pero para mí no, yo quiero que sean de verdad. Tú en realidad deseas convertirte en un gran caballero y servir a tu rey. No importa, me iré yo sola.

Aidan se desconcertó al oír sus palabras, sabía que la princesa hablaba muy en serio y sería capaz de hacerlo, era lo que siempre había soñado. Pero cómo se iba a ir sola, ¿y si le pasara algo? No era tan  buena luchando como para  defenderse si la atacaran algunos malhechores. Por una parte era tentadora la idea de irse con ella, así podrían estar juntos y vivir la vida como les plazca. Pero lo más probable sería que no les fuera bien y a él no le importaba quedarse en el castillo mientras estuviera con ella. No podía permitir que se marchara, así que intentó retenerla con excusas:

—Milena, no puedes faltar a tu fiesta, la gente del lago te espera, sabes que eres muy querida por ellos, los defraudarías. Todos se sentirían muy tristes tras tu partida, incluido yo…

»Siempre he admirado mucho la profesión de mi padre,  por ello decidí adiestrarme como caballero. Pero no es la única razón. Si algún día lo logro, podría quedarme para siempre en el castillo y no tendría que separarme de ti —al decir esto, de las mejillas de Milena surgió un ligero rubor—. Siempre te protegeré, o te rescataré si se diese el caso.

—¡No quiero que me salves! —objetó la princesa fulminándolo con la mirada—. Si de verdad quisieras estar conmigo,  escaparíamos. Dilo claro, no quieres venir.

—Es que no estoy seguro, tendría  que pensarlo.  Espera al menos hasta después de tu cumpleaños por favor, entonces te daré una respuesta. Deberías meditarlo también tú.

Milena lo miró desconfiada, pero finalmente acabó cediendo:

—Está bien. Pero en cuanto vuelva del lago me iré —diciendo esto bajó de un ágil salto y se fue corriendo.

Aidan se sentía aliviado, al menos la princesa dejaría de lado por un tiempo la idea de fugarse. Muy pronto partirían a la ciudad del lago. Hacía años que acompañaba a su padre a Efiria, le gustaba mucho ir en verano a esa bonita ciudad.

Pocos días después, la familia  real se dirigía junto a su corte al palacio de Efiria. Era una ciudad pequeñita, pero muy viva y por supuesto tenía el famoso lago. Era el lugar favorito de Milena. Había varios días de camino, estaba lejos, pero a la familia real no le importaba. Les encantaba estar allí en épocas cálidas, era una alegre ciudad donde todos los días eran fiesta, había un gran mercado donde se podían encontrar cosas asombrosas, en verano había juegos, teatros y artistas callejeros con divertidas actuaciones por todas partes. En definitiva, Efiria era un sitio ideal para pasar la estación veraniega y por supuesto celebrar el cumpleaños de la princesa Milena.

Al llegar a palacio, el duque Diago, su esposa e hijos recibieron a su familia de Cerul con júbilo. Les tenían  preparado un banquete de bienvenida así que se dirigieron al salón de festejos donde estaba todo preparado. Aidan, Milena y Daila se sentaron juntos en ese orden al extremo de la enorme mesa rectangular, justo al lado de Aidan estaban los primos de las princesas, los gemelos Ennis y Zoilo, de once años. Eran niños muy traviesos, siempre estaban planeando trastadas, algo que hacía que se llevaran genial con su prima Milena. Y la pequeña Nadia, la hija menor de los duques, junto a Daila. Los chicos conversaban de lo que habían hecho durante el año, así pues, los gemelos contaban sus mil y una travesuras por el castillo, además de que habían aprendido a manejar la espada mucho mejor. Aidan y Milena también les narraban sus escapadas de palacio, y por supuesto el joven les detallaba cómo iban sus entrenamientos y que pronto ascendería a soldado. A los chicos les encantaba escucharlo y se exaltaban ante la idea de que pronto su amigo estaría luchando en batallas épicas. A Milena le molestaba que los chicos hablaran tan entusiasmados de las luchas increíbles que librarían en un futuro. A ella nunca se le permitiría hacerlo, solía entrenar con la espada, era su pasión, de pequeña ganaba a Aidan sin problema, pero actualmente siempre vencía él, puesto que cada vez tenía menos tiempo para entrenar. Su principal obligación ahora era prepararse para ser reina.

Por fin los chicos cambiaron de tema, comenzaron a conversar sobre el lago, algo que a Milena ya tampoco le hacía gracia…

—Tenemos que ir mañana —decía entusiasmado Zoilo.

—Lo pasaremos bien, además ya hace mucho calor —continuó Aidan.

—Imposible para mí —dijo Milena—. Ya no me dejan ir con chicos, desde hace dos años, y lo sabéis. De todas formas, con los preparativos de la ceremonia no me van a dejar tiempo  ni de respirar, no creo que tenga posibilidad de esfumarme.

—Este año tenemos una solución más fácil que saltar  muros y esquivar vigilantes —les susurraba Ennis acercándose  mucho a Milena y Aidan, ya que él se encontraba en el extremo al lado de Zoilo, quien mantenía en su rostro una sonrisa burlona—. Hemos descubierto pasadizos en el castillo.

—Durante todos los años de nuestras vidas nos los han estado ocultando, no entiendo por qué —comentó Zoilo. Aidan y la princesa a su vez se miraban y reían, era lógico que se les mantuviera en secreto la existencia de aquellos pasadizos, sabiendo cómo eran los gemelos—. En fin, podemos escapar perfectamente por allí.

—Vendréis, ¿verdad? —preguntó el otro gemelo.

—Claro que sí —asintió la princesa—, bien hecho, chicos.

A primera hora del día siguiente, la princesa Milena se hallaba junto a su madre, su tía, parte de la corte y sirvientes en el gran salón de actos disponiéndolo todo para su cumpleaños. Milena estaba impaciente, deseosa de irse. Por fin su primo Zoilo se asomó a un gran portón y le dio la señal para que se marchara. Entonces Milena actuó diciéndole a la reina:

—Madre, el vestido estaría al mediodía en mi habitación, tengo que ir a probármelo.

—Espera, voy contigo —respondió la reina.

—No hace falta —intentó evitar Milena—, vuelvo enseguida con él.

Su madre aceptó. Así pues, Milena se fue a prisa de aquel gran salón. Su primo la esperaba al otro lado de la puerta. Los dos caminaban con rapidez por los pasillos de palacio hasta llegar a unas escaleras, las subieron y a pocos metros había una puerta por la que entraron. La sala era una pequeña biblioteca donde estaba ya el otro gemelo con Aidan. Ennis inmediatamente cerró la puerta y movió uno de los libros, abriéndose así una puerta secreta.

Milena estaba emocionada, por fin un poco de libertad, aunque sabía que probablemente después se llevara una buena reprimenda no dejaría escapar la oportunidad de ir al lago con los chicos. Aidan también estaba muy contento, podría divertirse con su querida amiga sin nadie que molestase. Se colocaron las capas que tenían preparadas para pasar desapercibidos al pasar por el pueblo y accedieron rápidamente al túnel. Era muy largo y oscuro, tenía muchas rampas ya que la entrada estaba alta. Estuvieron andando durante bastante rato, hasta que al fin salieron por una trampilla en el suelo que había a unos metros detrás del palacio. Para llegar atravesaron parte de la ciudad, pasaron por el gran mercado y lo cruzaron sin detenerse en ningún momento. El bosque estaba al lado, así que se adentraron en él para por fin poder llegar al lago.

Milena y Aidan se sentían felices de estar en aquel lugar después de un año.

—Sigue tan precioso como siempre —comentó la princesa.

—Y solo para nosotros, no viene casi nadie hasta acercarse julio —informaba Ennis.

—¡Voy a darme un baño! —exclamó Milena.

Los chicos la miraban con exaltación. Se estaba quitando el vestido, debajo llevaba un camisón blanco. Pero ellos pensaban que su intención era quitárselo todo, además, normalmente no veían a una jovencita en paños menores.

—¿Qué miráis? —cuestionó con desconfianza la chica. Se quitó los zapatos y se preparó para lanzarse al agua sin  pensárselo dos veces—. ¡No voy a desnudarme!

Cuando Milena se zambulló en el agua, Aidan se quitó la camiseta y las botas para seguirla. Poco después estaban nadando junto a ella. Les encantaba bañarse en el lago desde muy pequeños.

—Es una tontería que no nos permitan estar juntos aquí  —comentó Milena flotando bocarriba en el agua—. Sé que ya no soy tan niña, pero nadando con algo encima no le veo el problema.

—Nos imponen demasiadas reglas absurdas creo yo —añadió Aidan.

—La verdad que yo me sentiría incómoda con vosotros desnudos —confesó Milena, ruborizada.

Al instante, los dos gemelos saltaban al lago desde un pequeño precipicio que había cerca, totalmente desvestidos.

—Demasiado tarde —dijo Aidan entre risas.

—¡Vamos, Milena, echemos una carrera! —le gritaba Zoilo.

Así lo hicieron. Aquella tarde nadaron y jugaron sin parar. Horas después los gemelos seguían divirtiéndose en el agua, en cambio Aidan y la princesa salieron para descansar un rato en la orilla del lago.

—Es fantástico estar aquí libremente —comentaba la princesa.

—Sí, ojalá pudiésemos estar así para siempre.

—Si te escaparas conmigo, podríamos —sugirió Milena.

—Ya…

»Pero si tus planes no saliesen tal y como piensas, podrías acabar mal —diciendo esto Aidan se acercó a Milena y posó sus manos con fuerza sobre los hombros  de la chica. El rostro de Aidan era serio—. Lo más importante para mí es que no te suceda nada malo.

—Aidan —susurró la princesa  sin  poder dejar  de mirar  a los penetrantes ojos del chico, como si la tuviesen hipnotizada.

Sus rostros se aproximaban cada vez más, sentían una atracción incomprensible que los obligaba. Solo interrumpida por la intervención de los gemelos que empezaron a salpicarles con el agua, entonces Milena y Aidan reaccionaron y volvieron a meterse en el lago para darles su merecido a los chicos. Pero ya no les quedaba mucho por disfrutar. Poco después, sin que los chicos se percatasen de ello, llegaron el rey y el duque con su escolta, también se encontraba allí el padre de Aidan. Los chicos pararon el juego y permanecieron completamente inmóviles en el agua, mirando a sus respectivos padres, que mantenían una severa expresión.

De inmediato salieron del agua por orden del rey, cogieron sus ropajes y comenzaron a vestirse rápidamente aún con el cuerpo mojado. El duque mandó a la escolta ir a por ellos como si de presos se tratasen. Al llegar a palacio les esperaba a todos una buena regañina.

Los escoltas que acompañaron a Milena y Aidan a un despacho de los muchos que había en palacio les comunicaron que aguardaran en la estancia a que llegaran sus padres. Hubo un buen rato de espera, hasta que al fin aparecieron los reyes y el padre de Aidan. El rostro de los tres mostraba un claro enojo.

—Milena, ¡tu actitud es intolerable! —exclamó el rey con indignación.

—Eres una embustera, todos esperamos a que vinieras con el vestido. Creía que te había pasado algo, no está bien que nos hagas preocuparnos de esta manera —le reprendió la reina Siara—. Tenías que ayudar en los preparativos y ensayar tu discurso. La ceremonia es pasado mañana.

—Entendedme también a mí, ¡estoy harta de que me tengáis encerrada! —bramó Milena.

—No puedes irte sin pedir permiso —dijo el rey Neptalí.

—De todas formas no me hubieras dejado ir a ninguna parte…

 —No puedes seguir eludiendo tus deberes como princesa. ¿O cuando seas reina también piensas evadirte cuando te apetezca abandonando el reino a su suerte?, las cosas no funcionan así, Milena —increpaba el rey a la princesa.

—¡Yo no quiero ser reina!, ¡tampoco celebrar esa maldita fiesta!, ¡y ni mucho menos  casarme  con un estúpido  príncipe  que ni siquiera conozco!

—¡Ya basta, Milena!, eres la heredera, hija de los reyes de Cerul, y como tal la futura reina. No puedes luchar contra tu destino.

Al oír las últimas palabras de su padre, “no puedes luchar contra tu destino”, los ojos de la niña se llenaron de lágrimas y bajó su mirada.

—Y tú, Aidan —comenzó su padre—, por tu mal comportamiento ayudando con sus escapadas a la princesa,  dejarás de verla tan a menudo.

—¿¡Cómo!? —se indignó el chico. La princesa  simplemente se angustió más aún sin mostrar a nadie su rostro—. Pero no es justo, siempre hemos sido amigos y hoy no hemos hecho nada malo, solo queríamos salir un rato a divertirnos.

La reina le ofreció una rápida respuesta:

—Ahora las cosas van a cambiar. Mi hija debe centrarse para ser una gran reina en el futuro y se prometerá con un poderoso noble con el que en pocos años se casará. Milena se ha convertido en una dama y no puede seguir correteando por ahí como si fuese un muchacho. Así que, Aidan, si tu actitud no cambia y te comportas como un buen soldado, no habrá más remedio que expulsarte de la corte.

Aidan miró a su padre, incrédulo, ¿de veras lo iba a permitir?, pero la respuesta del gran caballero lo sacó de dudas:

—La decisión está tomada.

Finalmente, Aidan se mostró consternado sin saber qué hacer ni qué decir. El rostro de la princesa permanecía totalmente inexpresivo. Estar junto a Aidan al menos le hacía más llevadera su situación, la que ella consideraba encierro, por esto le causaba tanto dolor que quisieran arrebatar al chico de su lado.

—¡No es justo!, ¡no es justo! —chillaba entre sollozos la niña, entretanto se marchaba de aquella sala.

Después de un silencio sepulcral el rey habló:

—Más vale que nos hagas caso, joven Aidan, quizás sin tantas distracciones como te causa mi hija, estés un paso más cerca de alcanzar tu sueño de ser caballero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Carrito de compra