Fragmento capítulo 2, Reino de princesas

Cada vez que veía el palacio quedaba fascinada ante tanta grandeza. Allí detrás de sus extraordinarios portones, se encontraba un mundo desconocido para mí, un mundo que contemplaría por fin con mis propios ojos.

Nos dirigimos a la parte oeste, por donde entraba el servicio. Las rejas estaban abiertas para que los trabajadores entraran y salieran. Este punto estaba custodiado por varios guardias. Atravesamos la verja y seguimos el recorrido en el carro, para así acercarnos a la puerta que daba al almacén de cocina. Una mujer de mediana edad salía de allí en aquel preciso instante. Seguro que nos escuchó entrar.

—Buenos días Zarek, tan puntual como siempre —saludaba de forma amable la señora, mientras mi hermano y yo bajábamos de la carreta—. ¿Y quién es esta doncella que te acompaña hoy?

Zarek le contestó mientras nos acercábamos a ella:

—Es mi hermana, Layla.

—Que jovencita tan bonita —dijo la señora sonriendo—, así que esta es tu hermanita. Yo soy la encargada en cocina, encantada de conocerte.

De repente una chica de pelo largo rubio (por sus ropajes debía ser noble), cruzó la puerta del almacén con un pastel en la mano.

—¡Hola Zarek! —exclamó saludándolo.

—¿Qué tal, mi señora? —saludó también Zarek.

La doncella se acercó, hasta colocarse frente por frente con mi hermano:

—Cuanta cosecha, eres un buen encargado —comentó guiñándole el ojo. Parecía estar coqueteando.

La jefa de cocina, al percatarse de la presencia de la muchacha, frunció el ceño y luego le increpó:

—¿Que hacéis vos aquí?, vuestro padre no os lo permite. Otra vez venís por comida ¿no es cierto? ¡Vais a volver a meternos en problemas a todos!

Otra mujer también atravesó la puerta y se acercó a la chica de rizos dorados, tras ella venían tres guardias. La cara de esta dama irradiaba dulzura, llevaba su media melena castaña semirecogida. Iba ataviada con un hermoso vestido que realzaba la belleza de su juventud.

La muchacha se disculpó con la encargada de cocina y después riñó a la chica de pelo dorado. Fue entonces cuando se percató de nuestra presencia. A Zarek lo conocían casi todos por encargarse de las cosechas del rey. Cuando la dama lo vio, mostró un ligero rubor en su rostro. Lo saludó de inmediato haciéndole una pequeña reverencia y se excusó por la intromisión de la doncella. Mi hermano le aseguró de que no era ninguna molestia, que no tenía por qué preocuparse y que era un placer saludar a la princesa.

¡La princesa! Era la primera vez que la veía y lo que decía mi hermano cobraba sentido: «Allá por donde pasa causa sensación, su belleza no tiene límites». Asimismo, desprendía una fuerza que nunca me había transmitido nadie jamás.

Su alteza seguía comiendo sin hacer mucho caso a las regañinas, entretanto se percató de que yo acompañaba a Zarek.

—¿Quién es esta chica? —inquirió la princesa curiosa.

—Mi hermana.

Su alteza se lanzó a mí y me agarró de las manos.

—¡Eres hermosa! —gritaba Diana efusiva—. ¡Me encanta tu melena pelirroja!

Por mi parte, me quedé bastante sorprendida por el comportamiento de la princesa, ¿a qué venía esto sin siquiera conocerme? Lo primero que pensé fue en que no andaba bien de la cabeza. Ahora no sabía si soltarle o no las manos, lo cierto es que me sentía incómoda por esta invasión de espacio personal.

—Me llamo Layla. —Presentarme fue lo único que se me ocurrió.

—¡Qué nombre tan bonito! —Me halagó Diana de nuevo con voz suave—. Zarek a veces habla de ti, se ve que te quiere mucho. Adoro conocer a todos mis súbditos y contigo aún no había tenido el placer.

—Mi hermana tenía muchas ganas de entrar en palacio —añadió mi hermano.

Diana esbozó una gran sonrisa de felicidad:

—¿Me dejas que te lo enseñe?

Ansiosa por conocer el interior del palacio, no pude resistirme ante tal oferta.

—¡Me encantaría!

—Layla —intervino Zarek—, recuerda a lo que hemos venido, me tienes que ayudar.

No me opuse, mi hermano tenía toda la razón, me habían enseñado que lo primero eran las obligaciones, así que me resigné.

Pero de inmediato intervino la dama:

—Si me lo permitís yo sustituiré a vuestra hermana, además, los mozos de palacio también nos ayudarán. Dejad que vaya con la princesa, se ve que le hace mucha ilusión entrar en palacio.

—Nosotros la cuidaremos, no tenéis por qué preocuparos —intercedió uno de los guardias mientras se acercaba.

—Siempre me andan persiguiendo estos pelmazos —murmuró Diana—. En fin, no me queda de otra. Seguidnos de lejos.

La princesa esbozó una sonrisa y me cogió de la mano para llevarme al umbral de la entrada, donde permanecían sus demás guardianes, el otro nos siguió.

—Te presento a mi guardia personal, «los mejores del reino» se autodenominan —le dijo Diana en un tono sarcástico—. Joel, Mattia y Aaron. —Los señaló uno a uno.

A primera vista los encontré muy parecidos unos a otros, quizá por llevar exactamente el mismo uniforme, pantalones azules, un jubón burdeos de maga larga que llegaba hasta debajo de las caderas, en el que se dibujaban unas franjas azules que adornaban la prenda. También llevaban botas y cinto negro, donde portaban las espadas. Y por supuesto el escudo de Legend en el pecho. Además, todos tenían el pelo de la nuca muy largo, atado en una coleta.

—Es un placer conoceros mi señora —Aaron se reverenció ante mí, parecía nervioso, pero no dejaba de contemplarme.

No llegaba a entender aquella reacción. Sobre todo, porque no me consideraba bella, sino una chica bastante normal. Mi cuerpo era esbelto, tenía los ojos verdes y pelo largo.

Mattia por su parte se acercó a mí para mostrarme una rosa blanca.

—Me alegra conoceros bella doncella —me dijo ofreciéndome la flor, para después seguir hablando en tono seductor—. Aceptad este obsequio, no comparable a vuestra hermosura y preciosos ojos como esmeraldas. La rosa blanca simboliza pureza, no hay mejor regalo para una doncella tan pura como vos.

Mientras cogía la rosa, Mattia me tomó de la mano con suavidad, llevándola a sus labios para besarla. Me sonrojé por completo, me daba la sensación de que el corazón se me salía del pecho, y la inquietud se apoderó de mí. No estaba acostumbrada a este tipo de trato tan halagador por parte de un hombre, y menos de uno tan bien parecido.

El guardia más alto, creo que su nombre era Joel, no dejaba de observarme. Se fijaba en la espada que mantenía sujeta al cinturón.

—No podéis entrar a palacio con un arma, solo los guardias pueden hacerlo. Son las normas —intervino tajante Joel.

—¡No pienso separarme de mi espada! —contesté de forma desafiante al joven, llevando las manos hacia la espada.

Zarek al percatarse de la situación intervino acercándose un poco:

—Perdonadla, para mi hermana esa espada es muy preciada, no le gusta separarse de ella. Es un recuerdo de alguien importante.

—No puedo permitir que pase —declaró Joel.

—Deja de decir tonterías, claro que puede entrar con la espada —discrepó Diana.

—Princesa, como uno de los jefes de la guardia real, no consentiré que se incumplan las normas que dicta nuestro soberano—se opuso Joel.

La heredera se preparó para mostrar su claro desacuerdo ante lo que decía su protector:

—Pues yo ordeno que pueda entrar con lo que quiera en mi castillo. Y tú no puedes cuestionar mis órdenes, soy la princesa, estoy por encima de ti.

—En efecto, pero sabes que tu padre me ha concedido autoridad para desestimar «muchas» de tus órdenes sin sentido.

—En teoría sigo siendo yo la segunda al mando, por mucho que digas. Ni que tú fueras sucesor al trono, ni siquiera consejero. ¡A veces no te soporto, Joel! ¡Eres un idiota! —gruñó Diana.  

Joel suspiró resignado mientras se llevaba una mano a la frente, su rostro delataba agotamiento, no físico, sino más bien mental. Quizá porque la princesa le daba demasiados problemas.

Diana me cogió por el brazo y me llevó dentro.

La visita comenzó por los grandes pasillos principales llenos de preciosas reliquias, como cuadros, murales, esculturas, mesillas, sillas adornadas con piedras preciosas, columnas adosadas coronadas por esplendidos capiteles, y un sinfín de maravillas con cada paso que dábamos. Quedé impactada por la gran hermosura del salón del trono, ¡era increíble que yo estuviese allí! Mirara donde mirara veía prodigio. Después Diana me mostró el salón de baile, lo contemplábamos desde una elegante doble escalera; era grandioso, construido de forma rectangular, disponía de grandes ventanales y puertas acristaladas, algunas cubiertas por cortinaje carmín; el techo estaba repleto de magistrales candelabros de cristal y contenía decoración pictórica; también contaba con un color claro como el resto del palacio. Después llegó el turno de la gran biblioteca, era una sala también muy grande, llena de estanterías en caoba, repletas de libros, los pasillos de aquellos estantes parecían no tener fin. Las salas de ocio y descanso, la capilla, la armería, la sala de los espejos (la cual usaban las damas de palacio como tocador) y un sinfín de lugares, todo tan desmedido como maravilloso, me sentía como en un bello sueño en el paraíso.

Finalmente, acabamos el recorrido en el gigantesco jardín.

—Me ha faltado enseñarte los aposentos de la corte y algunas cosas más, pero entonces no acabaríamos nunca —me explicaba Diana a modo de disculpa, habiéndose percatado de lo mucho que estaba disfrutando de la visita—. De todas formas, las alcobas son privadas, ya te enseñaré la mía. Todas las de palacio son dignas de ver, aunque como la mía y la de mi padre no hay ninguna.

—Sería muy fácil acostumbrarse a vivir aquí —dije—. Ojalá todo el mundo pudiese disfrutar de estos lujos.

—Estoy de acuerdo contigo, todos deberían disfrutarlos, aunque solo fuese un tiempo —me contestó la princesa, después sonrió—, incluyendo a la realeza en lo de solo un tiempo. Todo debería repartirse de forma proporcionada.

»En fin, al menos se hace el sorteo del año, aunque es una pena que solo pueda disfrutarlo una familia.

No me esperaba tal respuesta de una persona que vivía acomodada. Tenía entendido que la nobleza siempre defendía sus interesen, que se creían por encima de los demás solo por haber tenido la suerte de nacer con un título nobiliario. En especial la alta cuna de Legend, que por el poder que los distinguía se creían superiores. Sin embargo, esta chica parecía diferente. Menuda sorpresa.  

Seguíamos paseando por el jardín, y los tres guardaespaldas cada vez estaban más cerca de nosotras, casi pisándonos los talones. Diana se percató de ello, así pues, se dio la vuelta para protestar:

—¡Os dije que os mantuvieseis alejados!, ¡aquí no hay ningún peligro!, ¡dejadme en paz un rato!

—No es posible —declaró Joel.

La princesa suspiró hondo y le suplicó:

—Me agobiáis, no lo puedo evitar. Solo os pido un ratito para pasear con mi invitada por los jardines, ¿de acuerdo? Podéis quedaros en un punto donde lo diviséis todo.

—Está bien —cedió Joel—. No te alejes mucho.

La princesa asintió y nos miramos con complicidad, de manera que seguimos las dos solas. Los guardianes se quedaron a la sombra de un árbol.

—Te voy a llevar al mejor sitio del jardín —me dijo la princesa.

Por el camino encontramos setos muy cuidados, sobre todo bastantes con forma de pequeños laberintos y flores de otoño por todo alrededor. Pasamos junto a una hermosa escultura que representaba a la diosa Artemisa, rodeada de flores.

A pocos pasos nos encontramos con una zona de cuatro entradas donde altos setos formaban una glorieta. La princesa me invitó a pasar. Cuando nos encontrábamos en el interior, pude ver como cada entrada estaba adornada por dos columnas. En los espacios entre ellas había varios bancos y en el centro una pequeña fuente adornada con diversas plantas.

Tomamos asiento para descansar un poco.

—No hace tanto que trabajáis para palacio, desde que conozco a Zarek. ¿Año y medio?

—Sí —le respondí—. Poco después de llegar a la ciudad.

—¿Dónde vivíais antes?

—En un pueblo al sureste de aquí, junto a nuestros tíos, aunque uno de ellos apenas estaba. Es soldado. Mi otro tío y mi tía nos criaron.

—¿Y tus padres?

—Mi padre nos abandonó estando mi madre embarazada de mí y ella murió cuando yo tan solo era un bebé.

—Vaya. Lo siento. Te entiendo —tragó saliva—, perdí a mi madre con doce años, fue el momento más duro de mi vida —decía en tono nervioso mientras jugueteaba con el volante de la manga de su vestido.

—Hace mucho de eso, ni siquiera los conocí, es duro saber que no están. Pero la muerte de mi tío me resultó mucho peor. Estaba enfermo, él sabía que no le quedaba mucho, así que nos consiguió trabajo aquí, puesto que en la ciudad teníamos un futuro asegurado. Cuando nos mudamos queríamos traer también a mi tía, pero no quiso abandonar su hogar —le expliqué—. Ojalá algún día diese su brazo a torcer, no quiero que esté sola.

—El rey y la princesa de Legend estamos a vuestro servicio para lo que necesitéis. —Sonrió.

»Será mejor que nos vayamos, que estos tres ya estarán impacientes.

Cuando nos retirábamos, unos hombres con la mitad de la cara cubierta con pañuelos aparecieron de la nada con actitud amenazante.

Intentamos salir de allí al instante, sin embargo, uno de ellos nos cortó el paso. Retrocedimos muy despacio y otro de los individuos se le acercó por detrás a Diana, sujetándola de modo obsceno.

—Princesa, ahora tendréis que venir con nosotros —le susurró para después lamerle la cara. La chica apartó la cara con repugnancia.

—¡Suéltame! —gritó con la respiración entrecortada y forcejeando para intentar deshacerse de su captor.

Uno de ellos ayudó a su compañero a sujetar a Diana, que no paraba de resistirse y de gritar, pero no podía contra aquellos tipos. Yo los observa atónita (los malhechores me ignoraban por completo), así que cuando iban a amordazar a la princesa, iba a desenvainar mi espada. Sin embargo, para mi sorpresa, una fuerza extraña salió del cuerpo de Diana lanzando a los hombres al suelo. «¿Qué demonios había sido eso?», me pregunté asombrada.

No obstante, los sujetos se aproximaron a su alteza, todos a la vez. En aquel momento me interpuse.

—¡Dejadla en paz!

—Quítate de en medio niñata, o te arrepentirás —me advirtió uno de aquellos maleantes.

—Déjala, así nos divertiremos un rato con ella —insinuó otro hombre con perversa mirada.

Desenvainé la espada y apunté hacia los asaltantes:

—Sois vosotros los que debéis largaros de aquí, si no saldréis muy mal parados —les avisé, Diana me miraba sorprendida.

Reían a carcajadas, no se sentían en absoluto intimidados por una mujer y menos por una tan joven. «No saben la que les espera», pensé esbozando media sonrisa. Uno de ellos dio la orden y se lanzaron contra nosotras, Diana estaba a mi espalda muy asustada. De inmediato corté el ataque de uno de ellos con mi espada, derrotándolo al instante. Todos se quedaron estupefactos, no obstante, aquello no evitó que los demás me atacaran. Sin embargo, acababa con todos uno a uno de forma impasible, golpeando hacia adelante, estocada hacia arriba, corte dando la vuelta. Todos mis movimientos eran perfectos, no debieron subestimarme. Cuando acabó el combate y me giré hacia la princesa, pude ver lo asombrada que estaba ante lo que acababa de contemplar.

—¡Ha sido increíble!, ¿dónde has aprendido a luchar así? —inquiría Diana.

No le contesté, estaba cavilando otra cuestión.

—¿Cómo hicisteis eso?

—¿Qué? —fingió extrañarse la princesa, como si no supiese de que hablaba.

—¿Cómo pudisteis apartar a esos tipos de vos? —le pregunté frunciendo el ceño.

—Se cayeron, yo no hice nada.

—Claro que sí.

»Magia.

(EN EL LIBRO TENDRÁ CIERTAS DIFERENCIAS POR LA ÚLTIMA CORRECCIÓN).

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