Prólogo, Reino de princesas

Comenzaba el final de una era. El mundo había sido azotado por grandes calamidades, pero ahora todo cambiaba para dar paso a un nuevo resurgir.

Ya eran pocos los que conocían las artes ocultas. La magia se extinguía, la gente no creía en seres insólitos y solo se veneraba a un dios, dejando de lado a los numerosos dioses de antaño. Todo lo pasado se convertía en simples leyendas.

Sin embargo, existía un lugar en el que aún lo excepcional tenía cabida, un reino olvidado: Legend, situado en la isla de Brandr. Era la ciudad más poderosa que el hombre jamás había conocido. Esto se debía a que los gobernantes y herederos del país tenían el don del gran poder divino que pasaba de generación en generación. Era la razón por la que príncipes de distintas partes del mundo se dirigían a Legend. El rey Astreo había enviado un comunicado a todos los reinos existentes, en el cual anunciaba que su hija elegiría prometido al comenzar el otoño y todo aquel príncipe o rey que lo deseara podría presentarse como candidato. Ninguno dio una respuesta negativa, incluso los que ya estaban prometidos anularon su acuerdo. Otros ya estaban atentos meses e incluso años atrás a que en algún momento la chica tuviera que comprometerse. Todos querían casarse con la princesa, todos anhelaban ese poder.

Los preparativos estaban listos, la corte esperaba a sus altezas para la gran ceremonia.

***

Layla contemplaba con curiosidad la caravana de carruajes que desfilaba por delante de su casa. Había empezado la época de cosecha y, junto a su hermano mayor Zarek, preparaba el carro con la recolecta de días anteriores para llevarlo a palacio.

Vivir a las afueras, cerca del camino, les permitió admirar las carrozas en las que viajaban los príncipes. Pasaban todo tipo de carrozas: blancas como la nieve, doradas o de caoba. La mayoría estaban muy recargadas, con formas perfectamente talladas y joyas engarzadas. Otras eran extrañas, debían de ser de países muy lejanos. Se hallaban fascinados, sobre todo la chica.

—Hermano —dijo la chica—. Hoy es la ceremonia, ¿cierto?

Zarek le dedicó una sonrisa a su querida hermana y le dio una respuesta:

—Seguro que la princesa tomará la mejor decisión. —Hizo una pausa para instantes después continuar—. Mañana puedes venir conmigo a palacio.

Layla se sorprendió.

—¿En serio? —le recordó.

—Mi ayudante no puede acompañarme, así que necesito a alguien. Siempre insistes en que te gustaría entrar en palacio y no todo el mundo puede hacerlo sin un permiso. Es tu oportunidad.

»A lo mejor hasta conoces a su alteza.

—Eso me gustaría. Y ya de paso descubriría por qué te gusta tanto —le respondió Layla con picardía en su voz.

—¡Eh!, creo que te imaginas cosas —objetó su hermano sin poder evitar una risilla—. Pero no voy a negar que allá por donde pasa causa sensación, su belleza no tiene límites.

»Anda vamos dentro Layla, comamos algo.  

La muchacha dedicó una última mirada hacia la caravana de nobles, que al parecer llegaba a su fin, y siguió a su hermano.

***

Los reales invitados de Legend ya estaban congregados en el enorme salón del trono, que resplandecía por su albura. Estaba lleno de espléndidas columnas en los laterales y de ventanales altos. Al fondo había dos tronos, uno pequeño de oro en su totalidad y otro de gran tamaño que además estaba lujosamente decorado con piedras preciosas. El rey ya se encontraba sentado en él con sus tres escoltas al lado y otros tres junto al otro sillón. Las damas y caballeros de la corte también se hallaban presentes en el evento.  

—Princesa Diana de Legend —se anunció.

Las puertas se abrieron para dar paso a la doncella. Mientras avanzaba a paso lento por la alfombra, los príncipes la contemplaban deslumbrados por su hermosura. Los ojos azules como el cielo resplandecían en su bello rostro pálido, pero de mejillas sonrosadas. Su cabello rizado caía sobre sus ropajes hasta llegar a la falda; era como rayos de sol. Llevaba un bonito vestido rosa pastel. Las mangas eran abombadas hasta el codo y después continuaban abiertas dejando ver la piel de su brazo. Bajo la falda rosa se dejaba ver una falda blanca. El traje estaba adornado con bastantes lazos que le daban un aire infantil. Sus únicos adornos eran unos pendientes y una tiara real, la cual estaba llena de motivos naturales como pequeñas ramitas, hojas, flores y mariposas; todo de oro.     

Antes de llegar al altar donde estaba su trono, miró a una dama que estaba en primera fila con expresión serena pero melancólica. Esta le negó con la cabeza, dejando ver en su rostro cierta preocupación.

Cuando llegó a su sitio tomó asiento, manteniendo la vista al frente. Intentaba no mirar a sus tres guardias personales que estaban situados junto a su trono, y que de vez en cuando la miraban de reojo.

De inmediato, el rey ordenó a los príncipes que comenzaran con sus presentaciones. Así pues, cada uno de los nobles se acercaba por turnos. Tras anunciar sus nombres, explicaban de donde provenían, sus habilidades y presumían de todo lo que podían ofrecerle a la futura reina.

Uno de ellos era el príncipe Niels del reino de Saol. Como el rey comentaba, aparentaba ser un buen chico: era rubio, muy guapo y de ojos color miel.

Otro de los jóvenes era el príncipe de Regnum, llamado Melvyn. Este poderoso reino en el pasado tuvo conflictos con Legend, aunque antaño fueron grandes aliados. Por ese motivo, Diana conocía muy bien al príncipe. El muchacho, de apariencia fornida, tenía diecinueve años, el pelo oscuro, liso pero alborotado, piel morena y ojos violetas. Antes de retirarse, le dedicó una sonrisa granuja a la princesa. Ella lo miró con desagrado.

El príncipe Kazuo venía de Japón, era joven y debía de tener unos veinte años. Su tez era blanca, sus ojos negros, y vestía un magnífico kimono. Fue el atuendo lo que más llamó la atención a Diana, el cual no dejaba de observar.

También estaba Alfonso, príncipe de las Españas, debía ser unos años menor que la princesa, ya que aún se le veía muy niño.

Había jóvenes, mayores, de varias etnias, soberanos de reinos ricos y pobres, más de un centenar de hombres. Ella los observaba seria y algo distante.

Por fin había pasado el último aspirante, por tanto, momentos después el rey se alzó de su espléndido trono y expuso a sus oyentes:

—Aspirantes a futuro rey de Legend, ante todo agradeceros vuestra presencia aquí.

»Como sabéis, los reyes de este reino cuentan con un gran poder divino. En consecuencia, pronto necesitaré un noble soberano que pueda reinar junto a mi hija, además de custodiar nuestro poder y la ciudad —explicaba el rey Astreo—. La mayoría de los que vivís fuera de la isla solo conoceréis la historia por una simple leyenda, pero esta leyenda es cierta. Todo comenzó siglos atrás, cuando un joven y valiente príncipe se aventuró a viajar por todo el mundo surcando mares y océanos, llegando así a tierras muy lejanas. En uno de sus viajes escuchó una antigua leyenda. Dicha leyenda decía que el dios divino premiaría con un gran poder a aquella persona que fuera capaz de llegar a la cima del monte Pangeo.

»Aunque muchos lo intentaron, nadie logró jamás subir hasta lo más alto, pero el príncipe lo consiguió. Ese regalo de dios era su destino. Ya nada ni nadie podría ser rival para él. Después de infinidad de aventuras, volvió a Legend, su tierra natal. Desde entonces el reino se fue convirtiendo en un lugar próspero y a la vez temido. El poder divino se divide en diez fuerzas distintas: creación de fuego, viento y agua, control de tierra, defensa, transporte, cuchillos cristalizados, autocuración, convicción e invocación de dragones.

»Esta energía pasa de padre a hijo, pero cuando el primogénito es una niña no surge de forma directa en ella, permanece sellada en su interior. Solo un príncipe con el sagrado matrimonio podrá liberar el poder para después recibir cada cual una parte de este. Mañana mi hija dará su veredicto, elegirá al heredero del sagrado poder.

Diana, antes distante, escuchaba lo que decía su padre con atención para después intervenir:

—No hace falta esperar hasta mañana.

Todos miraban a la chica con clara sorpresa en sus rostros. Los asistentes empezaban a dar por hecho que la princesa se había prendado de alguno de los príncipes allí presentes.

—He tomado una decisión.

El rey no podía creer lo que acababa de escuchar de la boca de su hija, no esperaba que tomase una decisión tan rápida. Se volvió hacia Diana para decirle:

—Me alegra oír eso, mucho mejor. Así pues, hija mía, danos a conocer tu decisión.

La princesa Diana se dispuso a contestar sin siquiera levantarse de su asiento.

—He decidido.

»Que no elijo a ninguno —sentenció impasible.

Los asistentes quedaron atónitos ante tal respuesta. Sus voces resonaban en la sala en señal de protesta, puesto que según las palabras de la princesa se habían desplazado hasta Legend para nada. Diana miró hacia a sus guardias y pudo observar sus caras de frustración. Uno de ellos, el de en medio, la miraba susurrando algo. Ella volvió la vista al frente de inmediato. Le dio tiempo de leer sus labios y sabía lo que le quería decir: «Elige». Era consciente de que sus guardaespaldas solo le querían evitar problemas, al igual que su dama de compañía; la doncella que se encontraba en primera fila frente a ella y se llevaba las manos a la cabeza.

Su obligación era escoger prometido cuanto antes, es más, ya debía tenerlo desde hace mucho tiempo, pero le resultaba imposible elegir a un hombre de forma tan forzada. No era el momento.

El rey fulminó a su hija con la mirada y alzó la voz en cólera:

—¡Han venido príncipes de todas partes del mundo! ¡Ahora no empieces con tus sandeces, Diana!

Ella seguía sentada en su trono con total indiferencia.

—Todo este tiempo he advertido que no me casaré con ninguno. Padre, os dije que no quería comprometerme con una persona que ni siquiera conocía —declaró Diana.

—Te he dado la oportunidad de optar al hombre que quieras, oportunidad que pocas princesas tienen —le aclaró el rey mientras volvía a sentarse, a punto de perder la paciencia.

—Es injusto, ¡no quiero hacerlo de esta manera! —gritó Diana perdiendo el control.

Sin que prestaran atención a su alrededor, el rey y la princesa no cesaban de discutir. Los nobles allí reunidos permanecían en su sitio sin quitarles ojos, asombrados, puesto que no esperaban encontrarse con semejante espectáculo, era insultante para ellos.

—¡Ya basta! —cortó de sopetón el rey y se dirigió a sus invitados—. Yo confiaba en el juicio de mi hija para elegir al futuro gobernante de Legend, pero como habéis podido presenciar ella se niega a colaborar. Por ello debo acogerme a otra opción.

Diana se extrañó, ¿cómo que otra opción? No le olía nada bien lo que su padre podría traerse entre manos. Observó a sus guardianes, esta vez con expresión temerosa, pedía ayuda con la mirada ante la incertidumbre. Ellos le devolvían la mirada, pero no podían hacer nada, no tenían ni idea de lo que el rey se proponía.

—Me imaginaba que podría suceder esto. De manera que habrá otra forma para elegir prometido. Seréis sometidos a una prueba —informó el rey.

Al instante un rumor de voces comenzó entre la multitud. Sus altezas nunca imaginaron que tenían que pasar una prueba, en ningún momento les habían advertido, por ello se mostraban desconcertados.

La sorpresa de Diana fue tremenda, se levantó del sitial y se volvió hacia el guardaespaldas que tenía al lado buscando su auxilio. Él simplemente le musitó:

—No empeores las cosas.

La princesa por su parte le respondió con un gesto de enfado, se aproximó a su padre y empezó a refunfuñar, demostrándole su desacuerdo.

Los invitados a su vez no cesaban sus protestas, en sus rostros se percibía una clara indignación. El alboroto crecía sin parar, todo parecía estar fuera de control, hasta que el rey ordenó con severidad:

—¡Silencio! —La multitud se calmó al instante, el soberano de Legend era respetado en el mundo entero, ningún noble de los allí presentes se atrevía a contrariarle en nada. Tras unos segundos de absoluto silencio su majestad siguió hablando—. En mi reino están esparcidas y escondidas diez perlas mágicas que son parte del antiquísimo tesoro real. Dichas perlas están encantadas y solo pueden ser vistas a ojos de sangre real. Quienes logren encontrar una antes de que finalice el año, serán los candidatos para someterse a varios desafíos que determinarán quién será el futuro gobernante de mi reino. Este asunto quedará zanjado antes del décimo octavo cumpleaños de mi hija, es decir, en la primavera del próximo año.

La doncella se dirigió a su padre exaltada, mostrándose hostil, a lo que, según su opinión, le parecía un descabellado plan. El murmullo aumentaba por momentos entre los aspirantes, convirtiéndose pronto en griterío.

Astreo intervino de nuevo y regresó el silencio a la gran sala.

—Aún no he terminado. A pesar de todo comprendo a mi hija, no conoce a todos los caballeros presentes. Por lo tanto, mientras se realiza la búsqueda, le daré un periodo de unos tres meses para que así pueda tomar una decisión respecto a su prometido. —El rey dirigió la mirada a su hija—. Si antes de que termine el año no has elegido, se seguirá llevando a cabo la prueba y te casarás con quien se te mande.

—Pero si la princesa elije antes a uno de nosotros —interrumpió uno de los príncipes—, entonces todo nuestro esfuerzo por encontrar las joyas habrá sido en vano.

De inmediato algunos más comenzaron a demostrar su desacuerdo, apoyando así lo que había dicho su camarada.

El rey prosiguió:

—Es un riesgo que debéis asumir. Pensad que también podréis cortejar a la princesa durante estos meses e intentar que os escoja. Y por supuesto ninguno tenéis obligación de quedaros.

Diana seguía en desacuerdo con todo lo que decía su padre, y no paraba de quejarse:

—¡¡No podéis obligarme a nada!!, ¡no es justo!, ¡elegiré cuando quiera a mi futuro esposo, no cuando vos decidáis!

—¡No tienes más remedio! —le increpó su padre—. Eres la futura reina de Legend y necesitas un rey para poder regir el reino, lo sabes muy bien.

El rostro de Diana se tensó. Aunque se resistía, las lágrimas empezaban a asomar en sus ojos claros, mas no podía permitir que la vieran llorar. Ya no sabía qué decir ni a qué argumento acogerse para defenderse de las palabras de su padre. Lo único que le apetecía en aquel instante era alejarse de aquel lugar y de la gente allí reunida. Sin embargo, por más que miraba suplicante a sus escoltas, estos no estaban por la labor de ayudarla.

De repente empezaron a resonar palmadas lentas en la sala, el causante dejó escuchar su voz:

—Una celebración muy divertida, sí señor. El rey de Legend haciendo muestra de sus dotes de avasallamiento.

De entre la multitud, el desconocido se abría paso. Era un hombre ataviado con ropajes verde oscuro. Lo que más caracterizaba de su atuendo era una capucha que le ocultaba el rostro. El traje llevaba un cuello alto y ancho que también ayudaba a ocultar su cara. Nadie tenía idea de quién podría ser aquella persona y por qué había revelado su presencia de semejante forma.

—Me presentaré —anunció el individuo—. Soy el heredero destronado hijo del rey Einar II y de la reina Noreia, el príncipe de Iris. Reino al que le distéis fin con su destrucción hace muchos años.

El rey quedó atónito ante aquella revelación, los ojos se le abrieron de par en par y los sentimientos se le entremezclaban en su interior ante el horrible recuerdo. Como decía aquel muchacho, ese reino fue destruido y reducido a cenizas en una guerra del pasado en la que Legend fue partícipe. No obstante, estaba seguro de que todos los miembros de la familia real de Iris habían muerto. Él y algunos de los soldados de su bando incluso fueron testigos de la muerte de la familia real, con el pequeño príncipe incluido quemado en su propia habitación.

—Gracias a uno de los hombres de confianza de mi padre pude escapar de aquel infierno —reveló el supuesto príncipe—, jamás olvidaré lo sucedido. Mis ojos de niño vieron aquel macabro espectáculo: cómo asesinaban a mi familia y destruían todo lo que yo quería. Entonces decidí que algún día me vengaría del reino de Legend, el causante del dolor de mi pueblo. —Continuaba mientras la multitud lo miraba atentamente pasmados por la situación—. Pero tranquilizaos, no voy a mataros ni a destruir vuestro reino, por ahora. —Hizo una pausa y siguió hablando—. Voy a quedarme con él y con todo vuestro poder. Seré yo el que se case con vuestra hija, entonces todo será mío; un reino por otro.   

Astreo quedó escandalizado ante tales palabras. Lo único que faltaba, más problemas. En cambio, la princesa lo contemplaba con máximo interés. La chica incluso se sintió agradecida por la irrupción, ya que ahora estaba más tranquila puesto que él le había robado todo el protagonismo. En cierto modo había sido su salvador.  

 Pero su majestad no podía permitir lo que aquel sujeto se proponía. Jamás dejaría su reino en manos de enemigos de la ciudad, así que exasperado le dijo:

—¡Eso nunca sucederá!, mi hija jamás se casará con vos.

El hombre encapuchado contestó:

—Incorrecto. Vos habéis dicho que quienes lograran encontrar una de las perlas, tendrían derecho a las posteriores pruebas para ganar la mano de la princesa. Por lo tanto, si encuentro una debo tener esa oportunidad, puesto que soy un príncipe más.

—En este caso haría una excepción —gruñó el rey—, no te casarás con mi hija.

Pero el príncipe de Iris le respondió:

—Si hacéis una excepción conmigo, podéis hacerlo con cualquiera.

—Eso es cierto, asegurasteis que cualquier príncipe que pasara las pruebas tomaría la mano de la heredera —intervino un noble entre el gentío.

—Si la palabra del rey no vale nada, será mejor que nos vayamos todos —comentó otro de los presentes.

—Deberían tener las mismas posibilidades, si no es jugar sucio —intercedió la princesa en tono burlón, solo por ir en contra de su padre.

El salón volvía a revolucionarse. Sin embargo, su majestad empezaba a perder la paciencia, así pues, ordenó:

—¡Guardias!, ¡a por el intruso!

La guardia fue en busca de aquel hombre, pero antes de que se percatasen ya estaba junto al rey. Le apuntaba con una espada de doble filo (cada uno parecía una media luna creciente) a la cabeza.

—Será inútil resistirse, todo vuestro poder será mío —le susurró al oído al rey, después miró hacia la chica y le dijo—. Nos vemos princesa, ha sido un placer.

Todo sucedió muy deprisa, el encapuchado se movía como un rayo sin que nadie pudiera apreciar ni uno solo de sus movimientos. Los guardias fueron a por él, pero el sujeto trepó con agilidad hasta los ventanales, por donde escapó de forma sigilosa, escabulléndose así de la guardia. De inmediato marcharon para encontrar al intruso, pero había desaparecido como si de un fantasma se tratase.

La princesa quedó fascinada ante aquel muchacho, era el único que había logrado llamar su atención. Aquel príncipe, pese a que iba muy tapado y su rostro estaba oculto, era apuesto, aunque no fue esa la causa del interés de Diana. La manera de llegar llamando la atención y su actitud osada, lo hacía distinto de los demás nobles. Además, no tenía la misma razón para estar allí que todos. La suya era la venganza. La chica lo consideraba muy romántico, y por supuesto valiente, cualquiera en su sano juicio no se atrevería a enfrentarse al rey, ya que lo más probable es que tuviese todas las de perder. Pero aun así el muchacho tomó la decisión más arriesgada por los suyos. Por tanto, aunque era consciente de que era enemigo del reino, consideraba que el príncipe de Iris era digno de admiración.

Tras el incidente acaecido, el rey agradeció la asistencia de los príncipes a su palacio. Pasaron las horas y todo volvió a estar en calma, pero esto solo era el comienzo de una serie de sucesos que estaban por llegar.

(EN EL LIBRO TENDRÁ CIERTAS DIFERENCIAS POR LA ÚLTIMA CORRECCIÓN).

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